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Orden y cambio


En El orden político en las sociedades en cambio, Samuel P. Huntington describe la brecha que se produce entre el campo y la ciudad como “una consecuencia política fundamental de la modernización” de los países en vías de desarrollo:

Esta brecha es, en realidad, una característica política destacada de las sociedades que experimentan rápidos cambios economicosociales. Es la fuente principal de su inestabilidad política y uno de los principales obstáculos, sino el más importante para la integración nacional (…) Los sentimientos de superioridad intelectual del habitante urbano y el menosprecio por el atrasado poblador rural se enfrentan a los de superioridad moral del campesino y a la envidia que siente por el embaucador ciudadano. La ciudad y el campo se convierten en naciones diferentes, en formas de vidas distintas…

La radio lleva el lenguaje y las esperanzas de la ciudad al pueblo de campaña; el ómnibus traslada las expresiones y las creencias del pueblo a la ciudad. Los primos de la ciudad y el campo están en contacto más frecuente. La infraestructura moderna reduce la brecha urbano rural, pero no la elimina. Las diferencias siguen siendo fundamentales (…) Su cultura [la de la ciudad] es amplia, moderna, secular; la del campo se mantiene cerrada, tradicionalista y religiosa (…) Un problema político fundamental en una sociedad en vías de modernización consiste en desarrollar medios para tender puentes sobre esta brecha y recrear, por medios políticos, la unidad social que la modernización ha destruido…

En los centros urbanos, las actividades económicas se multiplican y conducen a la aparición de nuevos grupos sociales, y al desarrollo de una nueva conciencia social en los grupos anteriores…

La comunidad queda dividida por una brecha fundamental: la sociedad es todavía rural, pero su política se ha vuelto urbana…

En un sistema de partidos competitivos, la Rebelión Rural suele darse de la siguiente forma: un segmento de la élite urbana atrae a los votantes rurales más importantes, o establece una alianza con ellos, y los moviliza para la acción política, con el fin de vencer en las urnas a los partidos con base más estrechamente urbana…

El precio del apoyo campesino, sin embargo, es la modificación o abandono, por el régimen, de muchos de sus valores y prácticas modernas u occidentales.

Esta extensa reproducción del trabajo de Huntington, en el marco de una arbitraria selección de párrafos, sirve como guía descriptiva de fenómenos similares, pero que afectan actualmente a países desarrollados y no desarrollados. El cambio economicosocial vigente, que impacta en diversas comunidades del planeta está dado por una combinación de globalización, con sus consecuentes deslocalizaciones productivas, y tecnologías informacionales. Esta combinación sustituye al proceso de modernización que motiva la reflexión del autor de El choque de civilizaciones.

Las propuestas en boga, que discriminan el ingreso de lastimadas poblaciones inmigrantes, especialmente en las comunidades centrales del mundo occidental, son el atajo que numerosos decisores públicos y figuras con ambiciones electorales activan para recrear la unidad social en clave excluyente y preservadora de las heridas provocadas por el programa neoliberal. El compromiso verificado en las últimas décadas con este programa, por parte de partidos de centro izquierda, socialdemócratas o con raíces históricas obreristas, dificulta una actualización que los instale con potencia competitiva contra los partidos conservadores (políticas económicas de ajuste y de exclusión social, en su caso, no son percibidas por las ciudadanías como acciones tan artificialmente acomodaticias). Todos, sin embargo deben ceder en ciertas pautas liberales, no tanto para cobijar las demandas de los sectores menos favorecidos por la globalización informacional sino para producir una nueva conciencia social en ellos, que sirva al plan excluyente preservador del programa neoliberal, ya se dijo.

La infraestructura digital, como la radio y los ómnibus de mediados del siglo XX que considera el diplomado de Harvard, suprimen las distancias y, paradójicamente, intensifica por ello mismo las fricciones. La contradicción, no la única pero sí una de las más potentes que se aprecia, no es entre una sociedad rural y una política urbana, sino entre una sociedad “tradicional”-local-industrial en declinación, versus una élite política global informacional que representa a los sectores regularmente urbanos que pueden disfrutar de los cambios que experimenta este novel siglo XXI.

 

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